Asepsia
Me atravesó
tu suave vendaval,
rumbo a tu recuerdo seguí
la senda de tu perfume.
Bajofondo Tango Club
Perfume
Vivimos en un mundo aséptico, donde prima la limpieza. En nuestro paraíso personal cristalino, “bacteria” se ha transformado en sinónimo de mala palabra. (Para su información, sólo un pequeño porcentaje de las millones bacterias que se han identificado hasta el momento, son perjudiciales para los seres humanos. Muchas son benéficas, y resultan incluso indispensables para nuestra vida. Ojalá la bruja de mi profesora de microbiología esté -¡por fin!- orgullosa de mí.)
Los pisos huelen (y deben oler) a Pinoklin, y la ropa a Mimosín.
El cuerpo también está sujeto a este riguroso control de calidad. El baño diario y las tres cepilladas de dientes son indispensables. En nuestro imaginario, un cuerpo limpio huele a jabón de rosas para ellas, y a Axe para ellos, y la boca debe estar perfumada con ligeros aromas de menta y hierbabuena.
Cubrimos desesperadamente los olores naturales del cuerpo con shampoo, desodorante, after-shave, y body-spray. Estos perfumes, curiosamente, salen en su mayoría del mundo natural (flores, cítricos, especias, maderas, brisa marina -¿ehhh?-), pero definitivamente no le corresponden a nuestra corporalidad.
Preocupante pensar en cuáles serán los resultados que eso tiene sobre las señales químicas que normalmente emitimos en forma de olores (feromonas): imperceptibles, sutiles, pero poderosas.
Alguna vez salí con alguien que no se había puesto desodorante, y lo sé porque después de una larga caminata bajo un sol mediterráneo abrasador, los efectos fueron evidentes.
Mi primera reacción (y, me imagino, la de quienes ahora leen esto) fue de rechazo: “¡mierda, qué asco!, aletazo… ¡horror!”. Sin embargo, hubo una segunda reacción que me causó gran sorpresa, y luego curiosidad: comencé a acercarme instintivamente a él, y a intentar captar al descuido un poco más de ese olor que me había atrapado.
Después reflexione: es perfectamente natural que el cuerpo transpire, y que ese sudor tenga un olor característico que, si la persona en cuestión mantiene una limpieza aceptable, no es ni bueno ni malo, simplemente es un olor diferente. Somos nosotros/as, tan civilizados/as, quienes hemos asignado al olor natural del cuerpo, de sus procesos respiratorios, e incluso de sus secreciones, juicios de valor negativos: feo, huele mal, ¡guácala!
Una vez que logré librarme de los prejuicios concluí: el olor del cuerpo de ese hombre, sin artificios aromáticos encima, fue uno de los olores más excitantes que he percibido en mi vida, y se ha quedado punzándome la mente hasta la fecha, muchos años después.
Me pregunto si este fenómeno tan puramente humano tendrá alguna influencia en las relaciones que se establecen, principalmente afectivas, que no tienen ninguna asistencia hormonal que confirme la elección emocional. Digo… ¿cómo saber si te estás enamoranda de la persona adecuada, del macho alfa preciso para tus necesidades, si todos huelen a Tommy Hilfiger?
En alguna parte leí que alguien escribía que le gustaba una mujer que oliera a ella misma. Creo que era un blog. Me fue imposible volver a encontrar la referencia, pero la moraleja queda, y yo me identifico: el aroma de Calvin Klein o Lacoste es agradable por un momento, pero al final del día quiero poder percibir y recordar el aroma de una piel.
Me atravesó
tu suave vendaval,
rumbo a tu recuerdo seguí
la senda de tu perfume.
Bajofondo Tango Club
Perfume
Vivimos en un mundo aséptico, donde prima la limpieza. En nuestro paraíso personal cristalino, “bacteria” se ha transformado en sinónimo de mala palabra. (Para su información, sólo un pequeño porcentaje de las millones bacterias que se han identificado hasta el momento, son perjudiciales para los seres humanos. Muchas son benéficas, y resultan incluso indispensables para nuestra vida. Ojalá la bruja de mi profesora de microbiología esté -¡por fin!- orgullosa de mí.)
Los pisos huelen (y deben oler) a Pinoklin, y la ropa a Mimosín.
El cuerpo también está sujeto a este riguroso control de calidad. El baño diario y las tres cepilladas de dientes son indispensables. En nuestro imaginario, un cuerpo limpio huele a jabón de rosas para ellas, y a Axe para ellos, y la boca debe estar perfumada con ligeros aromas de menta y hierbabuena.
Cubrimos desesperadamente los olores naturales del cuerpo con shampoo, desodorante, after-shave, y body-spray. Estos perfumes, curiosamente, salen en su mayoría del mundo natural (flores, cítricos, especias, maderas, brisa marina -¿ehhh?-), pero definitivamente no le corresponden a nuestra corporalidad.
Preocupante pensar en cuáles serán los resultados que eso tiene sobre las señales químicas que normalmente emitimos en forma de olores (feromonas): imperceptibles, sutiles, pero poderosas.
Alguna vez salí con alguien que no se había puesto desodorante, y lo sé porque después de una larga caminata bajo un sol mediterráneo abrasador, los efectos fueron evidentes.
Mi primera reacción (y, me imagino, la de quienes ahora leen esto) fue de rechazo: “¡mierda, qué asco!, aletazo… ¡horror!”. Sin embargo, hubo una segunda reacción que me causó gran sorpresa, y luego curiosidad: comencé a acercarme instintivamente a él, y a intentar captar al descuido un poco más de ese olor que me había atrapado.
Después reflexione: es perfectamente natural que el cuerpo transpire, y que ese sudor tenga un olor característico que, si la persona en cuestión mantiene una limpieza aceptable, no es ni bueno ni malo, simplemente es un olor diferente. Somos nosotros/as, tan civilizados/as, quienes hemos asignado al olor natural del cuerpo, de sus procesos respiratorios, e incluso de sus secreciones, juicios de valor negativos: feo, huele mal, ¡guácala!
Una vez que logré librarme de los prejuicios concluí: el olor del cuerpo de ese hombre, sin artificios aromáticos encima, fue uno de los olores más excitantes que he percibido en mi vida, y se ha quedado punzándome la mente hasta la fecha, muchos años después.
Me pregunto si este fenómeno tan puramente humano tendrá alguna influencia en las relaciones que se establecen, principalmente afectivas, que no tienen ninguna asistencia hormonal que confirme la elección emocional. Digo… ¿cómo saber si te estás enamoranda de la persona adecuada, del macho alfa preciso para tus necesidades, si todos huelen a Tommy Hilfiger?
En alguna parte leí que alguien escribía que le gustaba una mujer que oliera a ella misma. Creo que era un blog. Me fue imposible volver a encontrar la referencia, pero la moraleja queda, y yo me identifico: el aroma de Calvin Klein o Lacoste es agradable por un momento, pero al final del día quiero poder percibir y recordar el aroma de una piel.
Se dice que los/as japoneses/as evitan los perfumes porque consideran a quienes los usan insinceros/as. No sé si ese es el adjetivo preciso. Para mí resulta, al mismo tiempo, cuestionable y fascinante. Cuestionable porque refleja una cierta inseguridad de la propia corporalidad. Fascinante porque me da una ternura enorme que, en medio de nuestros sueños de omnipotencia, nos embadurnemos los atributos de otros elementos para poder aprehenderlos un poco, como si dijéramos: “si la brisa marina puede oler a brisa marina, ¿por qué yo no?”.
PD: Por eso me cae bien Pastv, por su afirmación de que es el “único blogger que no necesita Axe para ser lindo”.
NOTA ACLARATORIA: Pastv y el chico que no se puso desodorante aquella vez NO tienen nada que ver el uno con el otro, declaran no conocerse ni haber mantenido ningún tipo de contacto, y si se conocieran, ni siquiera se caerían bien.
NOTA CURIOSA: "Seis honrados servidores me enseñaron cuanto sé.
Sus nombres son cómo, cúando, dónde, qué, quién y por qué".
Rudyard Kipling.




